Se cumplieron 13 años de la inundación. Y aunque el calendario avance, hay fechas que no pasan, que se quedan ahí, clavadas en la memoria como si el tiempo no hubiera hecho su trabajo.
El agua entrando sin pedir permiso, el miedo creciendo en silencio y esa sensación de no saber hasta dónde iba a llegar. Algunos fuimos víctimas directas, otros lo vivieron desde más lejos, pero en realidad nos tocó a todos. Porque ese día no distinguió entre casas, calles ni historias: arrasó con todo.
Después vino lo más difícil. Levantarse. Volver a empezar de a poco, como se pudo. Entre vecinos, con lo que había, con lo que alcanzaba. Porque si algo quedó claro es que la ayuda no llegó como debía. En cualquier lugar del mundo, uno espera que el Estado esté presente en momentos así. Pero a nosotros, en ese momento, nos soltaron la mano.
Y sin embargo, seguimos. Nos fuimos reconstruyendo entre nosotros, con esfuerzo, con bronca, con dolor, pero también con una fuerza que quizás no sabíamos que teníamos.
Hoy, a 13 años, el recuerdo sigue doliendo. No como el primer día, pero sí de una forma más profunda, más silenciosa. Es una herida que nos obliga a reflexionar, a no olvidar, a entender lo que pasó y lo que no debería volver a pasar nunca más.
Porque hay cosas que el agua se llevó. Pero hay otras que quedaron para siempre.